El trabajo en tiempos de revolución

La humanidad está experimentando otra trasformación histórica debido al desarrollo tecnológico. El boom de la tecnología ya no resulta tan ajeno a nuestras vidas, sino todo lo contrario. Sin embargo, son muchas las voces expertas que advierten sobre la futura escasez de empleo y que estiman que en 20 años el 40% de los puestos de trabajo habrán sido sustituidos por máquinas y computadoras.

El capitalismo actual no garantiza un empleo para todas las personas. Y además, un empleo, tampoco es garantía de una vida digna y libre. La política económica actual, con reformas laborales incluidas, supone un ataque a las condiciones de trabajo y de vida de la mayoría y provoca cada vez más y más precariedad. Como consecuencia se multiplican los despidos y el número de trabajadores pobres y desempleados va en aumento. 

Los efectos de estas reformas no son solo económicos. Según la Organización Mundial de la Salud, en el 2020, los trastornos de ansiedad y depresión serán la primera causa de enfermedad en el llamado “mundo desarrollado”. Nuevas patologías surgirán a raíz de la presión por conseguir un trabajo y conservarlo ante el miedo inminente de perderlo o de no encontrar empleo.

Demasiada gente vive aún sumida en la extrema pobreza, mientras la riqueza está cada vez más concentrada en las manos de unos pocos, que la utilizan para acaparar el poder y moldear el futuro a su antojo. Controlan gobiernos y mercados, y nos han llevado a unos niveles de desigualdad social nunca antes alcanzados. He ahí lo malo de concentrar la riqueza para esos fines. La actual distribución de la riqueza en el mundo está concentrada en un 1% que tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto. Este modelo económico y político es insostenible. El sistema neoliberal es incompatible con la lucha contra la desigualdad. Este sistema divide la sociedad en excluidos e incluidos. Se desentiende de los primeros y atemoriza a los segundos para perpetuar y aumentar el poder y la riqueza de unos pocos.

Para tener el verdadero derecho a trabajar con dignidad, hace falta poder elegir. Los contratos de trabajo no se firman en igualdad de condiciones cuando a una de las partes, necesitada de recursos, no le queda de otra que aceptar ese contrato. El avance del desarrollo tecnológico debe permitir potenciar las capacidades humanas del trabajo para crear valor no sólo monetario, sino también para las diversas esferas de la vida misma. 

El empleo con tecnología debería reducir la pobreza y la desigualdad social. Sin embargo, ante esta nueva condición de trabajo, el capitalismo, ayudado de su brazo financiero, desvirtúa una vez más el sentido de abrir el camino para que los procesos tecnológicos aplicados -allí donde se genera la mayor renta estratégica- puedan cambiar los estándares de calidad de vida. Así tendríamos la libertad de elegir empleos más dignos que se adapten mejor a nuestras aptitudes, donde nos abra la oportunidad para sacar adelante nuestros propios proyectos que nos permitirán vivir dignamente y no sobrevivir con las justas. 

Este modelo económico-social, mercantiliza la vida, la cultura, la educación, la salud, el descanso, el entretenimiento. Todo tiene una etiqueta comercial. Este grupo minoritario que concentra la mayor riqueza, construye nuevos mecanismos de mayor absorción de ganancias, principalmente a través de los bancos. Y son los que mayor acceso a los avances tecnológicos, tienen. Mientras que sectores que producen la mayor renta nacional, siguen subsumidos en cadenas productivas mecanicistas, con nula capacitación tecnológica y con una gran carga tributaria y bancaria que los obliga a tercerizar su producción. ¿Se imaginan el inmenso cambio que se produciría en nuestra producción agrícola o textil, de tan solo acceder al 10% de las bondades tecnológicas que el mundo y el ser humano produce?

Tan solo ese cambio, nos permitiría llevar vidas más nuestras donde quepa tiempo para uno mismo, tiempo para la familia, los amigos, estudios, descanso, u otras actividades que no sean impuestas por la necesidad y el miedo. Diferentes encuestas internacionales, indican que la revolución tecnológica en el trabajo, no tendría que obligar a dejar de trabajar forzosamente, a las personas. La tendencia mayoritaria en los humanos es la de tratar de sentirnos útiles. Las nuevas condiciones de trabajo, que la tecnología introducirá, deben otorgar mayores espacios para potenciar otros aspectos de la vida y no orientar el valor extra de nuestro trabajo a seguir elevando las ganancias de los bancos.

Venimos de un mundo en el que se suponía que el trabajo garantizaba los ingresos. Este mundo, bajo este esquema desigual, ha colapsado, ya no tiene nada nuevo que ofrecer. Los pequeños retoques ya no son suficientes. Que no nos retenga el miedo, urge una reforma estructural, denunciando aquello que está mal, sin verdades a medias y abrir la oportunidad para que de una vez por todas, agarremos el timón de nuestras vidas. 

PUBLICADO EN OTRAMIRADA